Cuando el sabio Sissa le presentó el juego de ajedrez al rey Sheram, quien gobernaba un lejano país de Oriente, éste quedó tan encantado que le dio la oportunidad de que eligiera su recompensa. El sabio determinó que en la primera casilla del tablero hubiera un grano de trigo, en la siguiente la duplicaría a dos, luego a cuatro y así sucesivamente.
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