La Visual de... Tres actos en Moravia

Asentado sobre lo que hasta hace unas décadas fue un tiradero de basura a cielo abierto, el corazón social de Medellín en Colombia pulsa desde 2007 en el Centro Cultural de Moravia. La obra proyectada por Rogelio Salmona (1929-2007), el arquitecto colombiano más reconocido a nivel internacional, ha contribuido significativamente a restablecer los vínculos quebrantados por la indiferencia y la desigualdad histórica de la ciudad con este popular barrio


Por Marcos Betanzos @MBetanzos
Terminado en 2007 y con poco más de 1,600 m2 de construcción la obra cumple cabalmente su recorrido por las obsesiones más profundas del oficio que caracterizó a Salmona: su paleta de materiales, los detalles constructivos, las cualidades de sus elementos de circulación y conexión, sus espacios abiertos, áreas verdes, terrazas y cuerpos de agua. En este proyecto existe todo eso que en obras preliminares agotó y manejó magistralmente como muy pocos. Sin embargo, a una década de haberse abierto al público, este espacio ha comenzado una mutación silenciosa, acorde a necesidades y demandas que nunca el autor hubiera imaginado.



La primera de ellas recae en los usuarios. Si bien es cierto que la obra se abre hacia el barrio, que encuentra en él su fundamento y su esencia, quedó fuera de la óptica del arquitecto la presencia vasta de niños, mismos que hoy atraídos por el espacio y su oferta cultural encuentran en el lugar una extensión de su casa para asistir a clases, reunirse o pasar el tiempo corriendo entre el edificio, lo cual ha motivado la cancelación de terrazas, la instalación de protecciones y algunas modificaciones de seguridad en rampas y pasarelas que, en conjunto con gritos, regaños y persecuciones de las autoridades, intentan controlar lo incontrolable. Una misión imposible.




Segundo, el gran patio central diseñado para funcionar al aire libre ha quedado congelado en la imagen inicial del proyecto. Una gran cubierta de plástico empleada como elemento temporal de protección solar para los usuarios ha quedado como un elemento permanente que impide observar el tránsito solar al interior de la obra, al hacerlo ha garantizado que el espacio se empleé más y de muchas otras formas de las que fue inicialmente concebido. La superposición de este recurso en este espacio es incomoda, pero nadie está dispuesto a pasar las horas bajo el sol de Medellín. No es lo más bello, pero sí lo más eficiente.




Tercero, al consolidarse como un espacio para la ciudad, se hizo común que el sitio sea ocupado constantemente por universidades y colegios para celebrar en su auditorio ceremonias de graduación. Hace unos años, entre un grupo de universitarios que celebraban este momento, se encontraba una chica en silla de ruedas. Las dificultades para su ingreso fueron las menores; sin embargo, al querer hacer uso del sanitario no hubo uno en todo el proyecto que permitiera su acceso, a mitad de la ceremonia sin poder celebrar, la chica se retiró. Fue un verdadero drama. Lo anterior obligó a modificar una vez más el proyecto para garantizar accesibilidad universal. La adaptación fue inevitable.




Al celebrar una década de existencia, en el sitio se impone la música de los cuartos de ensayo, los gritos de los niños, las herramientas para el montaje de lo que será un nuevo evento… las voces de los maestros en clase. El proyecto se sobrepone a esas modificaciones -imposibles de evadir- albergando siempre nuevas actividades que van desde la Capoeira a la enseñanza del portugués, de las obras de teatro infantil a las sesiones de canto, de la arquitectura de autor al barrio como autor de la arquitectura.




Así se explica que nuestra disciplina no pueda ser pensada sólo por el espacio mismo sino a partir de la relación entre éste y el evento que tomar lugar en él. “No hay espacio sin evento”, decía bien Bernard Tschumi.







Fotografías Cortesía de Marcos Betanzos





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