El proyecto de ampliación del Sanatorio
Guadalupe en Cuernavaca, Morelos, se concibe como una intervención respetuosa y
precisa dentro de un contexto patrimonial protegido por el INAH. La propuesta
responde a la necesidad de ampliar el programa clínico sin alterar la memoria
urbana: un gesto de discreción que se traduce en un “silencio arquitectónico”.
La nueva área de consultorios se emplaza en la azotea, retranqueada tres metros
del lindero principal, volviéndose invisible desde la calle y preservando
intacto el perfil histórico de la ciudad.
La
estrategia espacial se articula mediante una estructura portante de acero que
funciona como gran cubierta ligera, un “paraguas” tectónico que alberga seis
consultorios, un área de toma de muestras y una sala de espera. Bajo este
esqueleto metálico, la madera de pino natural se convierte en protagonista:
desplegada en celosías reticulares, delimita los espacios y difumina los
límites entre arquitectura y mobiliario. Los muros se transforman en bancas y
superficies de apoyo, generando un entorno funcional y acogedor para el
usuario.
La
honestidad material guía el discurso: el acero aporta rigidez y claridad
estructural, mientras la madera introduce calidez y cercanía. Esta dualidad se
complementa con la vegetación integrada, que suaviza la experiencia y refuerza
la atmósfera de calma. La luz filtrada a través de las celosías crea un
ambiente sereno, donde la arquitectura trasciende su función clínica para
convertirse en un espacio de bienestar, paz y confianza.
El
resultado es una ampliación que no compite con lo existente, sino que lo
enriquece. Una intervención contemporánea que respeta el patrimonio y, al mismo
tiempo, ofrece un entorno digno y humano para la atención médica.
Fotografía: Karime Valencia













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