Apuntes sobre el habitar: Caminar dentro de una imagen

La Muralla Roja, Ricardo Bofill y la arquitectura detrás de lo que vemos.
Por: Mariangel Coghlan

La Muralla Roja de Ricardo Bofill permaneció durante décadas en mi memoria. La conocí siendo estudiante de arquitectura y la fui guardando en esa colección mental de edificios que algún día quería recorrer.

Mucho después se presentó la oportunidad y decidí aprovecharla con una dosis quizá excesiva de entusiasmo: crucé el Atlántico, llegué a Madrid, tomé un tren a Valencia y desde ahí recorrí casi dos horas más por carretera hasta Calpe. La recompensa después de semejante peregrinación arquitectónica fue una reja cerrada y varios letreros que dejaban bastante claro que La Muralla Roja era propiedad privada y que ahí terminaba mi recorrido. Había investigado el edificio, sus imágenes y hasta cómo llegar; se me había escapado un pequeño detalle: cómo entrar.
 
La reja tampoco estaba ahí por casualidad. La Muralla Roja atraía desde hacía ya varios años a fotógrafos y visitantes, hasta el punto de que sus habitantes habían tenido que reforzar las restricciones de acceso para proteger su privacidad. Las imágenes que habían conseguido llevarme desde México hasta Calpe eran, en cierta medida, las mismas que habían obligado a cerrar la puerta. Yo estaba, para mi desgracia —y con intenciones bastante arquitectónicas, quiero pensar—, del lado equivocado de esa contradicción.

Pasó un buen rato y empecé a plantearme seriamente la posibilidad de brincar la reja. Afortunadamente para mi decencia, apareció una chica. Me acerqué y le expliqué que era arquitecta, que venía de México, que admiraba a Bofill y que llevaba años queriendo conocer La Muralla Roja. Incluso le ofrecí pagarle para que me permitiera recorrerla. Me dejó pasar como su invitada y me acompañó durante la primera parte del recorrido.
 
Durante casi tres horas subí y bajé escaleras, atravesé patios y pasajes. En el camino me crucé con varios pequeños grupos que parecían haber llegado atraídos por las mismas imágenes: unos chicos hacían claramente una sesión de moda y cargaban cambios de ropa; también encontré a un grupo de turistas que, según supe, se hospedaba en uno de los departamentos del conjunto. Ellos tenían resuelto con bastante más previsión que yo el pequeño problema de cómo entrar.

No era difícil entender la fascinación. Cada giro parecía producir una nueva imagen. La fotografía me había enseñado cómo se veía La Muralla Roja; caminarla añadía algo que ninguna imagen podía contener: el tiempo. Una fotografía podía mostrarme una escalera, pero no la decisión de subirla; un vano podía contener el Mediterráneo, pero no su desaparición unos pasos antes. La arquitectura estaba también en todo aquello que sucedía entre una imagen y la siguiente.
 

Cuando era estudiante, algo de Bofill me había impactado especialmente: su Taller no estaba formado únicamente por arquitectos. Reunía también a ingenieros, sociólogos, escritores, poetas y filósofos. En aquel momento aquello me pareció extraordinario. Hoy, después de muchos años ejerciendo la profesión, lo miro desde otro lugar. Diseñar un espacio exige pensar primero en las personas que van a vivirlo. Muchas cosas que entonces me sorprendían del método de Bofill hoy me parecen sensatas e indispensables.
 
La Muralla Roja permite entender por qué aquellas otras miradas importaban: la arquitectura no termina en la forma; también sucede en la manera en que alguien la recorre y la habita. En un libro suyo que conservo desde aquellos años, Bofill describe el Mediterráneo como el lugar de su educación “visual y sensitiva” y habla de su interés por comprender la relación entre el vacío y lo lleno.

Su aspecto puede parecernos todavía hoy sorprendentemente contemporáneo, aunque su raíz está en una forma antiquísima de habitar: la kasbah mediterránea. Viviendas, patios, pasajes, terrazas y escaleras se entrelazan hasta difuminar la frontera convencional entre lo individual y lo colectivo. La circulación adquiere valor propio y forma parte esencial de la arquitectura.
 
Su aparente laberinto esconde además una paradoja. La planta parte de una retícula rigurosa basada en cruces griegas de brazos de cinco metros. Ese sistema genera volúmenes, vacíos, patios, puentes y escaleras que nuestros ojos perciben con una complejidad mucho mayor que la regla que los origina. La complejidad nace aquí de la precisión.
 
Caminarla me permitió experimentarlo de otra manera. Nunca me sentí perdida, aunque varias veces podía ver perfectamente dónde quería llegar sin comprender de inmediato cómo hacerlo. La famosa piscina fue particularmente hábil para demostrarlo: sabía que estaba ahí, podía ubicarla y, aun así, encontrar el camino me tomó bastante más de lo que habría imaginado. Cuando por fin conseguí llegar, me encontré con una nueva sorpresa: también estaba cerrada con llave.
 

Pero para entonces la suerte, el optimismo o simplemente mis ganas de conocer cada rincón parecían estar de mi lado. Volví a encontrar a aquella chica —que a esas alturas empezaba a parecerme mi mejor amiga en Calpe— y, una vez más, fue ella quien me permitió entrar. Cuando finalmente estuve ahí, me sorprendió descubrir que la piscina era bastante más pequeña de lo que había imaginado por las fotografías. Me quedé un buen rato mirando cómo los rosas, violetas y azules de la arquitectura se repetían sobre el agua. Después de todo lo que había costado llegar hasta ese lugar, creo que hasta bailé un poco.
 
Y el color estaba en todas partes. Los rojos y rosas exteriores intensifican la presencia del edificio frente al paisaje; azules, índigos y violetas aparecen en patios y escaleras relacionándose con la luz y con el cielo. Al caminar entre ellos, el color cambia constantemente: una sombra modifica un rojo, un rosa se enciende bajo el sol, un azul se aproxima al cielo, un vano convierte el Mediterráneo en un plano más de la composición. Forma, color, luz y movimiento se perciben simultáneamente.
 
Desde fuera, La Muralla Roja tiene algo de fortaleza; cuando uno entra, la monumentalidad se desarma. Las puertas, las ventanas, las escaleras y los pasajes recuperan una escala íntima, casi doméstica. El mar está a unos pasos, pero Bofill juega a esconderlo, fragmentarlo y hacerlo reaparecer. La geometría es rigurosa; la experiencia está llena de pequeñas decisiones.
 
Las imágenes me llevaron hasta una puerta que esas mismas imágenes habían contribuido a cerrar. Tuve la fortuna de encontrar a alguien que me permitiera atravesarla y descubrir todo aquello que una fotografía, por extraordinaria que sea, necesariamente deja fuera.
 
Y, viéndolo así, quizá el viaje no fue tan exagerado después de todo.

Fotografías: Cortesía de la autora






No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Temas

Archivo