Entre árboles centenarios que dibujan un dosel verde y generoso, se levanta un conjunto de usos mixtos que nace de un gesto esencial: abrazar la vegetación existente y dialogar con la ciudad desde la escala peatonal. El edificio se despliega como una estructura flexible, capaz de alcanzar la densidad máxima sin perder ligereza ni armonía.
En la planta baja, un espacio abierto respira con naturalidad, acogiendo seis locales que se entrelazan con el lobby principal, punto de encuentro y umbral hacia la vida interior del proyecto. Los primeros niveles, fieles a la transparencia de la planta libre, albergan oficinas modulares que se adaptan al ritmo de quienes las habitan, acompañadas de salas comunes y servicios que fomentan la colaboración.
Más arriba, la arquitectura se convierte en hogar: departamentos de una, dos y tres recámaras que, gracias a la modulación, ofrecen diversidad y flexibilidad. Cada tipología se abre hacia la luz y el follaje, invitando a vivir en proximidad con la naturaleza.
La volumetría se suaviza en la esquina, escalonándose para liberar las copas más altas y ofrecer una transición gradual hacia el cielo. El primer nivel, envuelto en una piel reflejante, multiplica la presencia de los árboles, los colores cambiantes del día y los atardeceres que tiñen el horizonte. Así, el edificio no sólo se integra: se convierte en espejo y extensión del paisaje, prolongando la experiencia vegetal dentro y fuera del terreno.
Fotografía: Manolo R. Solis










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