La Visual de... La evolución como desafío

De acuerdo al Consejo Nacional de Población (CONAPO), cada día en México, ochocientas personas cumplen 60 años; en nuestro país viven más de 12 millones de personas de la tercera edad, aproximadamente el diez por ciento de la población nacional. Se estima que en 2050 habrá un 22% más de adultos mayores en los entornos urbanos. La pregunta es la siguiente: ¿Cómo se procura desde nuestra disciplina, una evolución integral de los espacios o entornos de convivencia donde uno vivirá su vejez? ¿Cómo revertir la realidad que nos indica que ni la arquitectura ni la ciudad(es) que la contienen están diseñadas para que adultos mayores las habiten?


Marcos Betanzos @MBetanzos
El despacho Z+1 ARQUITECTOS, integrado por las arquitectas Marisela Balestra Aguilar, Lucia Zesati y Ana Laura Lebrija, enfrentaron y dieron solución a un encargo que exigía comprender la forma en cómo la evolución de una vivienda confortable y adecuada en la juventud de una pareja se convirtió en un lastre cuando ésta y la familia nuclear que conformaron había cambiado, modificado sus necesidades y requerimientos espaciales.

Se trata de la encomienda de un proyecto de arquitectura que exigió una reflexión profunda sobre cómo intervenir y optimizar la vivienda original, teniendo el tiempo y al cáncer como principal enemigo de uno de los residentes: el señor César Balestra Aguilar. Prisionero de una silla de ruedas y un tercer piso, la exigencia que planteó llegó sin recatos: construir una nueva vivienda que representara para él y su esposa una segunda oportunidad para vivir. Y la obtuvo.




En la intervención realizada por las arquitectas se dejó en papeles secundarios los estilos, las nostalgias, lo trendy, el ego y la superficialidad. En cambio se jerarquizó la eficiencia constructiva, la accesibilidad universal en todo el proyecto, la seguridad en sus recorridos y el hecho de actuar contra reloj, alcanzando el objetivo de brindar a Balestra Aguilar, los últimos momentos de vida placenteros y dignos.




Una casa sin ornamentos, dispuesta estructuralmente para albergar en su núcleo un elevador que conecta desde el sótano y su jardín de lava volcánica las recamaras, la cocina y los servicios. Contemplando también un estacionamiento para una ambulancia la altura de ventanas, la disposición del mobiliario y la eficiencia de accesorios y espacios de tránsito, ninguna obviedad.




Antes de morir, tuve la oportunidad de conversar con su morador, sonriendo aceptaba lo que consideró un error (de mexicanos): tardar en decidir, aferrarse tanto a no transformar la casa de toda su vida, dejarla atrás y ajustar su espacio vital a las exigencias de la edad con la dosis de realidad que implica.




Esta casa que obligó a las arquitectas a ver el oficio desde el rigor de la muerte y entender desde ángulos poco explorados las implicaciones que conlleva el espacio domestico cuando se aborda renunciando a las generalidades hoy tiene una nueva misión en su futuro inmediato: reinventarse en su misma flexibilidad programática y constructiva.

Lejana por sus cualidades pero clara en referencia, está la casa de Jean François Lemoine realizada por Rem Koolhaas. Mientras en la primera es la tecnología la que impera para la solución del desafío programático, en ésta denominada Cerro de la Miel se impone el corazón.


En memoria del señor César Balestra Aguilar…


Fotografía por Marcos Betanzos 






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