El
origen del Día de Muertos a través de los espacios donde lo celebramos.
Por: Mariangel Coghlan
Creemos que el Día de Muertos es la fiesta más
nuestra. Y lo es. Pero una de sus raíces está en un monasterio francés. La pista
lleva a Cluny, en Borgoña, Francia, donde hace más de mil años un abad dispuso
que sus monasterios dedicaran el 2 de noviembre a rezar por los difuntos.
Cuesta imaginar aquel mundo mirando una puerta mexicana cubierta de
cempasúchil. Para entender cómo se relacionan, hay que seguir los lugares donde
la conmemoración fue encontrando espacio. ¿Cómo llegó una celebración con
raíces tan distintas a transformar los espacios de México de una manera que
reconocemos tan nuestra?
A mí me cautiva su estética. El cuidado con el que
se adorna, se hacen altares y ofrendas y se transforma prácticamente un país
para unos cuantos días. La libertad para trabajar con el color y esa capacidad
de representar a la muerte con humor. Una calavera puede llevar un sombrero
desmesurado y resultar elegante, ridícula o las dos cosas.
Si estudiamos su historia con más detenimiento,
detrás de esa familiaridad aparecen siglos de decisiones religiosas, imágenes
que cambiaron de significado y costumbres que también fueron cambiando de
lugar. Lo que se hacía en un monasterio, sobre una sepultura o dentro de una
casa podía tener sentidos distintos. Hasta la Catrina tuvo que esperar a que
alguien la vistiera. Para empezar, conviene distinguir las dos fechas. El
primero de noviembre es la solemnidad de Todos los Santos. El día dos, la
Iglesia conmemora a los Fieles Difuntos y reza por ellos. Desde la fe católica,
estos días reúnen la esperanza de la vida eterna con la experiencia, tan
concreta, de extrañar a alguien. La oración por los muertos ya formaba parte
del cristianismo cuando, en 998, san Odilón, abad de Cluny, estableció la
conmemoración del 2 de noviembre en los monasterios bajo su autoridad. El punto
de partida era una red de comunidades monásticas. Después la fecha se extendió
a otras congregaciones y, con el tiempo, al conjunto de la Iglesia.
Cuando los españoles cruzaron el Atlántico, llevaban
siglos celebrando esos días. Y algunas de sus costumbres nos resultarían
bastante familiares. En la península ibérica del siglo XVI se visitaban los
cementerios y se colocaban alimentos sobre las sepulturas. En distintas
localidades se repartían panes entre los pobres en memoria de los difuntos.
También había flores y luces encendidas. Así que encontrar un pan dedicado a
los muertos en una tradición europea no debería extrañarnos tanto. Lo curioso
es que nos extrañe. Estamos tan acostumbrados a reconocer estos elementos como
nuestros que rara vez nos preguntamos por dónde pasaron antes de llegar hasta
aquí.
Aquí encontraron otro mundo. Los mexicas tenían sus
propias ceremonias para los fallecidos, distribuidas en distintos momentos del
año. Una de ellas era Miccailhuitontli, la fiesta pequeña de los muertos.
Pertenecía a un calendario organizado en veintenas, periodos de veinte días, y
a una manera de entender la muerte muy distinta de la cristiana.
Y ya estaba el cempasúchil. Las crónicas del siglo
XVI describen su cultivo y su presencia en ceremonias religiosas, entre ellas
una dedicada a la diosa de la sal. La flor que hoy asociamos de inmediato con
noviembre participaba en un mundo ritual mucho más amplio.
Se hacían guirnaldas y sartales para adornar
espacios ceremoniales y domésticos. Había flores en los patios, en los templos
y en los nichos de las casas. Esa manera de transformar un lugar con flores
tiene una historia larguísima, aunque los usos y los significados hayan
cambiado. Incluso dentro del calendario mexica, las celebraciones de los
muertos y el empleo del cempasúchil no coincidían siempre.
Aquí empieza la discusión. Durante mucho tiempo se
ha contado el Día de Muertos como una fiesta prehispánica que logró sobrevivir
a la Conquista. Una de las objeciones de los historiadores a esa explicación es
que deja fuera demasiado: siglos de rituales católicos europeos y las
transformaciones que ocurrieron después en México. El calendario de noviembre,
por lo pronto, tiene una procedencia que podemos seguir hasta la Edad Media.
Las propias fuentes coloniales muestran, al mismo
tiempo, que las comunidades indígenas estaban adaptando sus costumbres a las
fechas cristianas. A algunos evangelizadores les preocupaba precisamente eso:
que detrás de una celebración aparentemente conocida estuvieran ocurriendo
cosas que ellos entendían de otra manera. La dedicación de Todos los Santos a
los niños, documentada en ese contexto, es una de las particularidades que
adquirió la fiesta aquí.
Solemos resumir todo aquello con una palabra:
sincretismo. Pero la palabra cabe en una línea y el proceso ocupó siglos. Hubo
una religión impuesta, comunidades que reinterpretaron lo que recibían y
prácticas que fueron encontrando maneras de continuar. En Nueva España, el
recuerdo ocupaba los templos y también encontraba sitio en la vida doméstica. En los templos, además, la conmemoración podía
convertirse literalmente en una construcción. Se levantaban catafalcos de ánimas: estructuras
escalonadas con imágenes y textos relativos a la muerte. Algunos se montaban
para los oficios de difuntos y, al terminar, se desmontaban para poder volver a
utilizarlos. Su presencia era temporal, aunque sus piezas pudieran durar muchos
años.
Del antiguo convento carmelita de Toluca se conserva
uno formado por cuatro niveles de paneles pintados, cada cuerpo más pequeño que
el anterior. La composición crecía hacia arriba de forma escalonada. Era una
construcción capaz de aparecer dentro de un templo y cambiarlo durante una
ceremonia.
Una estructura así podía darle al espacio un centro
provisional: la mirada se dirigía hacia algo que no estaba ahí todos los días.
Esa relación entre una celebración y el lugar que ocupa también puede
observarse en los altares familiares, que fueron extendiéndose dentro de las
casas.
Una casa tiene sus lugares más o menos resueltos
hasta que llega una fiesta y alguien decide que, durante unos días, hay que
acomodarla de otra manera. Una mesa cambia de función. Un acceso se llena de
flores y empieza a llamar la atención desde la calle. Podemos reconocer la
fecha antes de que nadie nos diga qué día es. La celebración llega a modificar
incluso la relación entre el interior de una casa y quienes pasan frente a
ella.
En Huaquechula, Puebla, esa transformación puede
alcanzar tres o cuatro metros de altura. Sus altares se construyen sobre
estructuras de tres niveles, cubiertas de satín blanco, y rematan con un
crucifijo. El blanco gobierna el conjunto. Imaginen la escala de una
construcción así dentro de una casa. Tiene altura, composición y un remate que
dirige la mirada. Toda una intervención para unos cuantos días. Ese blanco obliga a soltar por un momento la imagen
naranja y multicolor que tenemos tan aprendida. En una misma celebración caben
estéticas muy distintas. Basta cambiar de pueblo para descubrir que aquello que
uno creía conocer tenía otras formas.
Y todavía nos falta la muerte que sonríe. Esa
familiaridad con los esqueletos también tiene historia. Durante el siglo XIX,
grabadores como Manuel Manilla y José Guadalupe Posada hicieron circular
calaveras en la prensa y en hojas impresas. La muerte servía para comentar lo
que ocurría entre los vivos y para burlarse de sus pretensiones. Las calaveritas literarias hacen algo parecido. A
una persona que sigue perfectamente viva le escribimos un encuentro con la
muerte, aprovechando para decir algo sobre ella. Hay humor, sátira y, cuando
están bien hechas, bastante ingenio. El destinatario todavía puede leerla y
protestar si no le gustó. Es una costumbre bastante peculiar.
Y entonces aparece la Catrina, tan reconocible que
parece haber llegado al mundo completamente vestida y lista para noviembre.
Pues tampoco.
La primera impresión documentada de la imagen de
Posada se sitúa en octubre de 1913, meses después de su muerte. Era un busto de
calavera con un enorme sombrero. Después la misma imagen se volvió a imprimir
acompañada de títulos distintos. En una monografía de 1930 ya aparecía como
Calavera catrina. Es decir, tuvo varias vidas sobre el papel antes de
convertirse en la figura que reconocemos hoy. En 1947, Diego Rivera la
representó de cuerpo entero en Sueño de una tarde dominical en la Alameda
Central, junto a Posada y a su propio retrato de niño. Ahí estaba ya con la
elegancia que después se volvería inseparable de su imagen. El grabador había dibujado
la cabeza; otro artista, décadas más tarde, le dio aquel cuerpo. Me encanta esa pequeña complicación. Uno ve una
Catrina y cree reconocer una tradición completa, cuando en realidad está
mirando una imagen que fue acumulando interpretaciones. Hasta un personaje que
hoy parece tan establecido pasó por distintas manos antes de llegar a nuestros
adornos.
El siglo XX hizo algo parecido con la celebración
entera. El nacionalismo posrevolucionario promovió costumbres indígenas y
campesinas como símbolos de México. En la región del lago de Pátzcuaro, la
Noche de Muertos de Janitzio empezó a adquirir una dimensión turística a
comienzos de los años treinta. Durante el gobierno de Lázaro Cárdenas se buscó
atraer visitantes a Michoacán y se promovió aquella celebración como una
expresión representativa de la cultura mexicana. Un panteón concreto, en una
isla concreta, comenzó también a funcionar como imagen del país.
Una cosa es celebrar una fiesta y otra convertirla
en la imagen con la que queremos que nos reconozcan. Al elegir qué mostrar de
México, también elegimos qué colores y qué costumbres terminan viéndose más.
Después resulta fácil creer que todo el país celebra de la misma manera. Por
fortuna, las diferencias siguen ahí. Entre ellas, los altares blancos de
Huaquechula.
La UNESCO añadió una nueva vida pública a estas
celebraciones. En 2003 proclamó Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos
como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. En 2008
quedaron inscritas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural
Inmaterial. El reconocimiento se refiere a prácticas comunitarias, vinculadas
también a los ciclos agrícolas y a su transmisión entre generaciones. Detrás de
las imágenes que recorren el mundo hay personas que siguen preparando la fiesta
en un lugar concreto.
Al preparar un lugar para la fiesta tomamos
decisiones actuales con formas que llevan siglos cambiando. En ellas podemos
encontrar un calendario medieval, una flor americana y una calavera que pasó de
la imprenta a un mural antes de aparecer entre nuestros adornos.
Los espacios también cambian por lo que decidimos
celebrar en ellos. En noviembre, en México, eso se nota desde la puerta.
Fotografías: Cortesía de la autora
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