El paisaje de lo que queda. Un cementerio en Igualada

“Prefiero pensar que su valor está en los espacios que podemos recorrer y las ideas que todavía nos hacen pensar; en lo que queda.”
Por: Luis Manuel Ochoa @luismanuel_ochoa

Una cantera es ese lugar de donde salen la piedra, la arena y la grava que después serán muros, pisos y estructuras; en México a estos lugares los conocemos como bancos de materiales. Parte de la arquitectura comienza ahí, en la materia que retiramos del suelo; mientras en otro lugar un edificio gana altura, la montaña o el cerro se recorta y la excavación se hace más profunda. Cuando cesa la actividad, esas formas permanecen, el agua encuentra su camino dibujando surcos en los taludes y algunas plantas encuentran sitio entre las piedras. En las paredes de una cantera, la tierra aparece por capas, franjas de distintos colores y espesores recorren los frentes de extracción, interrumpidas por cortes que dejan taludes casi verticales. Al pie se acumulan piedras sueltas; más allá, los montones de grava y arena forman pequeñas elevaciones entre las que se abren caminos. Hay plataformas a distintas alturas, pendientes que descienden hacia el fondo y superficies marcadas por el paso de las máquinas. La vegetación permanece arriba, en los bordes, señalando la altura que alguna vez tuvo el terreno. Queda entonces un paisaje de lo que queda.
 
Estos paisajes suelen quedar en los márgenes de las ciudades o aún más allá, junto a las carreteras, entre instalaciones industriales y terrenos por los que entran y salen los materiales donde lo construido empieza a dispersarse. Son lugares que muchas veces vemos de paso, desde la ventanilla del coche, sin detenernos a mirar.
 
En las afueras de Igualada, una ciudad del interior de Cataluña situada a unos sesenta kilómetros al noroeste de Barcelona, hay un paisaje que recuerda a uno de ellos. Para llegar hay que atravesar un polígono industrial y pasar junto a una estación de inspección técnica de vehículos; el camino se acerca al borde de la riera d’Òdena. Cuesta imaginar que, entre esas instalaciones, se encuentre un lugar que se pueda visitar. Allí, al final de una calle, una gran puerta de varillas de acero oxidado se abre junto al talud, su entramado deja ver la vegetación y recuerda a una armadura que se hubiera quedado esperando el concreto. Uno esperaría que en cualquier momento saliera por ella una retroexcavadora o un camión de volteo cargado de piedra, dejando detrás una nueva forma en el paisaje de lo que queda.


Tras la puerta, el camino comienza a descender entre los cortes del terreno, unos perfiles de acero oxidado, inclinados y cruzados entre sí, se recortan contra el cielo; podrían ser los restos de alguna estructura utilizada para mover el peso de la piedra. En el suelo, largas piezas de madera aparecen incrustadas en el pavimento; están dispuestas en distintas direcciones, como si una corriente las hubiera arrastrado hasta dejarlas detenidas entre la grava. Conforme avanzamos, los bordes ganan altura y la vista del entorno se va cerrando; el lugar empieza a recogerse sobre sí mismo. A los lados, los muros se ordenan en hileras de piezas de concreto, hay planos que se inclinan hacia el camino y bordes que sobresalen. Más adelante, las piedras se acumulan dentro de grandes mallas metálicas; parecen fragmentos de una excavación que han encontrado dónde quedarse, contenidos para sostener la tierra que permanece arriba. El agua ha dejado manchas en las paredes; la madera se ha abierto y el acero ha adquirido el color de la tierra.
 
El tiempo moldea el paisaje de lo que queda. Entre las hileras de concreto, una abertura estrecha deja paso a una escalera que asciende hacia el siguiente nivel del terreno. Arriba se abre un espacio que recuerda a la boca de una mina, como si la excavación hubiera continuado hacia el interior del talud. Grandes planos de concreto se extienden, sostenidos por columnas que apuntalan la cavidad. Las superficies conservan las juntas y las marcas de la cimbra; la piedra transformada guarda también la huella de la madera que le dio forma. La luz entra por cortes en la cubierta; junto a ellos, unas piezas de concreto perforadas se inclinan hacia el interior, como grandes cribas por las que, en lugar de pasar la piedra, pasa el cielo y la luz, dibujando sobre los muros una segunda trama sombras que se desplazan durante el día. Más allá, una abertura circular atraviesa la cubierta como un pozo visto desde abajo. Las manchas de humedad descienden por los muros y el eco de los pasos se prolonga. Hay algo de lugar olvidado, de una excavación donde el trabajo se hubiera detenido. Como en una cantera cuando cesa la actividad, la quietud hace más evidente lo que queda. Da la sensación de un cementerio.
 
Al fondo el cielo vuelve a abrirse por completo al final de la cueva. Desde ese nivel, la mirada alcanza las laderas de todo el conjunto. El recorrido queda abajo, las cubiertas son ahora el suelo y se prolongan en superficies de tierra y hierba seca. Cuesta distinguir dónde termina lo construido y dónde comienza la topografía que ya estaba ahí; como en los bancos de materiales cuando la vegetación vuelve a ocupar lo que queda, los cortes permanecen, pero empiezan a pertenecer al lugar. Un paisaje modificado que, con el tiempo, lo que queda, parece ya haber estado ahí.
 
Este paisaje que he descrito en el recorrido es, en realidad, un conjunto de nichos, caminos de acceso a sepulturas, áreas de estancia, escaleras y una capilla para las ceremonias de despedida del Cementerio Nuevo de Igualada, una obra de los arquitectos catalanes Enric Miralles y Carme Pinós proyectada y construida entre 1985 y 1991. En esa cantera, la tierra se transforma para recibir lo que queda de nosotros; un nuevo relieve que seguirá cambiando después de nuestro paso. Dejamos lo que queda en el paisaje y terminamos por formar parte de él.
 
A manera de Esquela:
 
Igualada es uno de esos clásicos de la arquitectura que requieren un plan muy de arquitecto; desviarse de los recorridos habituales para terminar visitando un cementerio junto a un polígono industrial. Hace poco vi el documental sobre Enric Miralles; siempre me han interesado el personaje y su obra, pero me cuesta esa sacralización que convierte a los arquitectos en figuras casi legendarias; prefiero pensar que su valor está en los espacios que podemos recorrer y las ideas que todavía nos hacen pensar; en lo que queda.
 
Tras su prematuro fallecimiento y por deseo expreso suyo, los restos de Miralles descansan desde el año 2000 en el Nuevo Cementerio de Igualada.
 
… y de Carme Pinós sobra decir que mucho queda.

Fotografía: Cortesía del autor







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