“Han pasado veinticinco años y hoy escribo sobre otro edificio de Tschumi, sobre otro viaje y sobre una nueva visita a Atenas.”Por: Luis Manuel Ochoa
Estudié arquitectura cuando empezaba este siglo y creo que pertenezco a una generación que aprendió a proyectarlo todo a partir del concepto. A finales de 2001 tuve la oportunidad de estudiar en España y, a mitad de aquel curso, comenzó una huelga en las universidades contra los cambios que proponía entonces el Plan Bolonia. Aquella huelga fue un excelente pretexto para que la escuela organizara viajes de estudio. Fue así como algunos comenzamos aquellos viajes iniciáticos en busca de las grandes figuras y las obras emblemáticas que hasta entonces sólo conocíamos por las clases, las revistas y los primeros blogs de arquitectura.
Bernard Tschumi era una referencia inevitable en las clases de teoría. Nos explicaban que, influido por Derrida, planteaba que un edificio no era un objeto estático para ser contemplado, sino un escenario donde sucedían cosas y donde la actividad humana daba sentido al espacio. Debo confesar que de Tschumi no entendí nada. Cuando visité por primera vez el Parc de la Villette, me encontré con un parque enorme en el que, paradójicamente, no parecía suceder nada. He vuelto un par de veces y sigo pensando algo parecido; quizá siempre he tenido mala suerte o quizá esa sensación forme parte del acontecimiento del que habla Tschumi. Algo parecido me ocurre todavía con otros autores, como cuando intento leer a Lefebvre. El otro día escuché a Manuel Delgado comentar, con ese humor negro que lo caracteriza, la extraña capacidad del pensamiento francés para hacernos creer que detrás de aquello que no entendemos debe esconderse algo profundo e inalcanzable.
Han pasado veinticinco años y hoy escribo sobre otro edificio de Tschumi, sobre otro viaje y sobre una nueva visita a Atenas.
A riesgo de alimentar un prejuicio, considero que existe una idea preconcebida de la ciudad europea; la monumentalidad de París, los parques de Londres o esos centros históricos salidos de una postal. Atenas no responde a esa expectativa. Es una ciudad extensa, congestionada y cubierta por una sucesión interminable de edificios de viviendas, balcones, toldos y terrazas. Buena parte de ese paisaje lo forma la polykatoikía, el bloque de viviendas que se multiplicó durante la segunda mitad del siglo XX y terminó definiendo la imagen cotidiana de la ciudad. Sin embargo, basta con contemplar Atenas desde alguna de sus colinas o caminar por barrios como Exarchia para descubrir una ciudad intensa que no necesita parecerse a ninguna otra.
Hay pocas ciudades capaces de convivir con semejante peso del pasado sin convertirlo en decorado. En Atenas, los restos arqueológicos aparecen entre las calles, bajo los edificios o en las estaciones del metro, como una capa más de la ciudad. El Partenón está siempre presente, en el horizonte, al final de una calle o asomándose inesperadamente entre los edificios. Incluso en su ausencia, uno sabe que está allí. Atenas no necesita exhibir una versión embellecida de sí misma ni reunir su historia en un recinto, porque esta aparece a cada paso. La paradoja es que algunas de las piezas más importantes de aquello que la hizo universal están ausentes, encerradas precisamente en los grandes museos de otras capitales.
En mi primer viaje a Atenas, hace casi veinticinco años, acababa de elegirse el proyecto del nuevo Museo de la Acrópolis. El viejo museo se había quedado pequeño y, tras tres concursos cuyos proyectos no llegaron a materializarse, en septiembre de 2001 resultó ganadora la propuesta de Bernard Tschumi y del arquitecto griego Michael Photiadis. El emplazamiento de Makrygianni, a apenas trescientos metros del Partenón, contenía ya buena parte del reto: construir sobre los restos de un antiguo barrio ateniense, frente a la Acrópolis y para albergar las piezas procedentes de ella. Un museo entre presencias y ausencias.
Inaugurado en 2009, el museo se organiza en tres niveles que responden a condiciones muy distintas. En la base, el edificio se eleva sobre una serie de pilares cuidadosamente situados entre los restos arqueológicos; la superficie de vidrio permite caminar sobre aquel antiguo barrio e incorporarlo al recorrido. Sobre esta base se levanta el cuerpo principal, un volumen cuya geometría responde a la trama de las calles y alberga la mayor parte de la colección. La visita comienza mediante una rampa que evoca el ascenso a la Acrópolis y continúa por salas abiertas, atravesadas por la luz natural, donde las esculturas pueden rodearse y contemplarse desde distintos ángulos. Finalmente, una caja de vidrio gira respecto al resto del edificio para alinearse con el Partenón y organiza el recorrido de manera que, en cada pausa, el visitante pueda volver a mirarlo. En esta sala, las esculturas se disponen siguiendo el orden y la orientación originales. Los mármoles originales conviven con reproducciones en yeso de las piezas ausentes; la materia y el paso del tiempo permiten reconocer inmediatamente cuáles están y cuáles faltan. Se hace tangible la ausencia.
Todo el museo parece construido desde esa tensión; entre lo encontrado y lo perdido, la pieza que permanece y el lugar del que fue separada. Los vacíos dejan de ser una idea abstracta y ocupan un lugar preciso. Un museo para las ausencias.
Es difícil recorrer el Museo de la Acrópolis sin tomar partido. La arquitectura convierte una discusión histórica y política en una experiencia espacial. En ese sentido, el edificio de Tschumi forma parte de una discusión más amplia sobre la descolonización de los museos; la ausencia se conserva, se ilumina y se orienta hacia el lugar al que pertenece. Es una forma silenciosa, pero profundamente reivindicativa, de reclamar la restitución.
Creo que el Museo de la Acrópolis es uno de esos edificios que pasarán a la historia de la arquitectura. No porque intente competir con el Partenón, ni porque busque convertirse en una nueva imagen de Atenas, sino porque consigue convivir con la ciudad y estar a la altura de aquello que le ha sido confiado. Cada una de sus decisiones establece una relación con algo que ya estaba allí. Su mayor potencia no es el edificio en sí, sino en su capacidad para reunir tiempos, piezas, miradas y ausencias. El acontecimiento no sucede necesariamente dentro del edificio, sino en aquello que provoca en quien lo recorre.
Veinticinco años después, quizá comienzo a entender algo de Tschumi.
Nota al cierre. Grecia reclama formalmente ante la UNESCO la reunificación de las esculturas del Partenón desde 1984. En febrero de 2026, el Gobierno británico confirmó que el presidente del British Museum y el Gobierno griego continuaban negociando una posible asociación que incluiría préstamos recíprocos, y aseguró que no impediría un acuerdo alcanzado entre ambas partes. En mayo, la UNESCO volvió a incluir el caso en la 25.ª sesión de su comité para la restitución de bienes culturales. Hasta ahora no se ha anunciado un acuerdo definitivo. En el museo continúan las ausencias.
Fotografía: Cortesía del autor












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