La visual de...El mejor edificio del mundo

“La historia constituye siempre la relación entre un presente y su pasado. En consecuencia, el miedo al presente lleva a la mistificación del pasado”. John Berger

Por Marcos Betanzos @MBetanzos
En el libro Antropología filosófica. Introducción a una filosofía de la cultura de Ernst Cassirer, existe una referencia al pensamiento del filósofo griego Epíctet (Hierápolis, 55 – Nicópolis, 135), el cual sentenciaba en sus enseñanzas que “lo que perturba y alarma al hombre no son las cosas, sino sus opiniones y figuraciones sobre las cosas”.


Las cosas, vistas como elementos, acontecimientos, objetos, información y codificaciones que se vinculan a nuestro universo cultural a través de la propia visión del mundo que construimos como comunidad o como individuos, desde el pensamiento ante el hecho de nombrarlas, desde la forma en cómo usamos el lenguaje para referenciarlas y la manera de opinar sobre cómo son o cómo las percibimos intentando describirlas, traduciendo dimensiones subjetivas para intentar homologar nuestras propias definiciones, nuestro horizonte de referencias convertido en territorio común como consenso.




A todo ello, podría vincularse el intento por construir la clasificación de la buena arquitectura pero aún más la catalogación de la mejor arquitectura, y claro, es de esperarse que nunca nos pondríamos de acuerdo en la homologación del término, porque los valores y los cánones para clasificarla así, no son un territorio de convergencias ideológicas. Siempre sucederá que la buena arquitectura sea la que cada quien clasifique y etiquete de ese modo, bajo convicciones, prejuicios o argumentos propios. Vale la pena detenerse a contemplar cuál es la función que satisface, el emitir una opinión de esa índole y clasificar en esos términos un proyecto arquitectónico, lanzando al mismo tiempo un mensaje para la homologación de los estándares de calidad a seguir en nuestro oficio.




Así lo hizo –hace unos meses- el Royal Institute of British Architects, quien a través de su jurado integrado por arquitectos como Richard Rogers, Billie Tsien y Philip Gumuchdjian, entre otros, han nombrado al edificio de la Universidad de Ingeniería y Tecnología (UTEC) de Lima, Perú como el mejor edificio del mundo: la obra de Grafton Architects (Yvonne Farrell y Shelley McNamara) y sus socios locales Shell Arquitectos.




El proyecto, salido de un concurso internacional, en el cual se recibieron 60 propuestas internacionales en donde cinco finalistas (Grafton Architects, Javier Artadi, Liliana Silva asociada con Calderón + Folch + Sarsanedas, Jorge Draxl + Cynthia Seinfeld + Juan Carlos Burga, y Luis Jiménez + César Tarazona) han sido evaluados por el jurado integrado por Francesco Dal Co, Antonio Graña, Juhani Pallasmaa, José García Bryce, y Fernando Correa.




Grafton se hizo de una propuesta potente, arremetió contra los cimientos de los clichés culturales de la ciudad y puso en discusión la preservación de su patrimonio arquitectónico, coronando un proceso de desgaste, descuido y olvido de un centro ceremonial existente en el predio desde el cual se desplanta ahora el edificio premiado. La fase final de ese desvanecimiento del patrimonio ha dado como resultado la catalogación de una obra como la mejor del mundo, y abre frentes de confrontación ideológica entre quienes promueven obras de este nivel en beneficio de una evolución en el discurso arquitectónico y quienes indignados ven en él, el detrimento de la historia y la cultura patrimonial del país.


A la obra, le queda chica la ciudad (como casi siempre pasa en aquello que visualiza el futuro aproximándose), su propio contexto caótico lo exalta lo hace protagonista al inscribirse entre vías rápidas, un barranco y casas de baja altura con nulo valor arquitectónico, la arquitectura que le procede y lo rodea presume más tradición que patrimonio. La traducción hecha por las arquitectas irlandesas es dura pero existe: entre esa mole de concreto que ha emergido aparecen terrazas, patios, apilamientos que evocan grandes ejemplos de la arquitectura histórica de Perú, sin embargo ni la materialidad –que es impecable y presume rigor constructivo- ni la forma parecen converger en el juicio que la voz de los expertos, para los locales esto no es nada mejor, ni debería de ser premiado. Es un injurio. 


A nivel personal, el proyecto me parece extraordinario, emotivo, impactante y sorprendente en su precisión, vinculado a fuerza a ese predio tan castigado y dispuesto para convertirse en una pieza de autor en una ciudad donde pocas obras son reconocibles, alineado a la tradición de la arquitectura brutalista que acumula Lima, con evocaciones claras pero alejadas del cliché y sobre todo, dispuesto a envejecer con dignidad, motivando un cambio de dirección en la producción arquitectónica local.


Una afrenta para los conservadurismos y la parálisis por la incomprensión de la influencia global en el entendimiento de la arquitectura. Una bofetada para la incapacidad de preservar el patrimonio –porque el que ahí se destruyó llevó mucho tiempo eliminarlo- pero sobre todo una lección para sacudirse de la parálisis que otorga la incapacidad de visualizar futuros escenarios para la ciudad. Un edificio así, puede ser nombrado el mejor edificio del mundo y no por sus cualidades materiales sino por su capacidad de provocar lo que la tradición nunca sacudiría de forma tan contundente.



Fotografía cortesía de Marcos Betanzos

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