Apuntes sobre el habitar. Casa Cristo: buscando al joven Luis Barragán


Hace tiempo decidí que quería conocer mejor a Luis Barragán. Quería acercarme al joven arquitecto que comenzaba a construir una manera propia de entender la arquitectura, antes de las obras que hoy reconocemos inmediatamente como suyas.
Por: Mariangel Coghlan

Durante un viaje reciente a Guadalajara, busqué algunas de sus primeras casas. Quería recorrerlas, fotografiarlas y observarlas con tiempo; entender el proceso: las búsquedas, las influencias, los recursos que permanecerían y también aquellos que acabaría abandonando. Una de esas visitas fue a Casa Cristo, proyectada en 1929 para Gustavo R. Cristo. La casa pertenece actualmente al Colegio de Arquitectos del Estado de Jalisco y tuve una enorme fortuna: la encontré vacía.
 
No había una exposición montada ni mobiliario que definiera cómo ocupar los espacios. Para mí, que trabajo precisamente imaginando cómo pueden habitarse, fue un privilegio. Pude caminar, detenerme, regresar, fotografiar y visualizar distintas posibilidades sin que nadie hubiera interpretado previamente la casa a través de los muebles. El espacio fue el protagonista del recorrido.
 
La estancia principal es, para mí, el espacio más poderoso de la casa. Su doble altura sorprende desde que se entra. La luz llega también desde arriba, atravesando pequeñas ventanas con vidrios de color que inevitablemente me produjeron una sensación casi religiosa. La escalera se incorpora al espacio, los vanos se suceden y la altura cambia por completo la experiencia de estar dentro de una casa construida hace casi cien años. Y ahí ocurrió algo inesperado.
 
La estancia me recordó la primera vez que entré a la casa en la que hoy vivo. El piso era el mismo que originalmente tenía la mía antes de que yo lo sustituyera por madera, pero la familiaridad venía también de las dimensiones y la altura. Durante unos instantes apareció aquella sensación conocida de entrar en una casa vacía e imaginar todo lo que podría ocurrir dentro de ella. Quizá por eso disfruté tanto recorrer Casa Cristo así.
 

Uno de los elementos que más me sorprendió fue el color. Estamos todavía lejos de las grandes superficies cromáticas que asociamos inmediatamente con el Barragán posterior, pero ya aparecen pequeños gestos capaces de cambiar por completo una composición.
Mi favorito está en el patio: una pesada puerta de madera pintada de rojo, formada por una retícula de pequeños cuadros y rematada arriba por unas bolas azules. Me fascinó. El rojo tiene una presencia enorme y, sin embargo, son esos pequeños puntos azules los que terminan de hacerla especial.
 
El patio al que se abre esa puerta es otra pequeña joya. Barragán comenzaba en estos años a trabajar los espacios exteriores casi como habitaciones al aire libre, prolongaciones de la casa más que jardines contemplados desde el interior. Aquí se entiende perfectamente. Es un espacio contenido, íntimo, acompañado por una pequeña fuente cuyo chorrito de agua introduce algo que después será inseparable de muchas de sus obras: el sonido. Hay otra fuente cerca del acceso que, tristemente, estaba sin agua cuando fui. Me hubiera gustado escucharla funcionando, porque en Barragán el agua nunca parece ser únicamente algo que se mira: también se oye, se mueve, refleja la luz y modifica la atmósfera del lugar.
 
Hay además pequeños detalles que me divirtieron mucho. Geometrías escalonadas, remates y elementos ornamentales difíciles de clasificar que, sin ninguna pretensión académica, yo llamaría una especie de “rococó cubista”. Algunos me parecen curiosos, otros un poco chistosos, pero todos hablan de un arquitecto que todavía estaba probando.
 
La puerta de entrada, por ejemplo, me parece una joyita. Empecé a reconocer también pequeñas puertas pintadas de rojo y ciertas rejillas que después volví a encontrar en otras casas de esos años. Más que buscar en ellas al Barragán que vendría después, disfruté descubrir un vocabulario que se repite, cambia y poco a poco parece ir encontrando su lugar.
 

Los arcos también me produjeron cierta extrañeza. Son formas alargadas, casi elípticas, que por momentos me hicieron pensar —como asociación puramente personal y muy posterior— en algunas geometrías de Félix Candela. No sé si me encantan. Quizá precisamente por eso llamaron mi atención.
 
Tampoco me gustó el acabado rugoso de los muros exteriores. Al verlo pensé incluso que podía tratarse de una intervención posterior, pero al investigar la casa descubrí que esa textura pertenece al lenguaje original del proyecto. Me gusta saberlo y quiero entenderlo; no por eso tiene que gustarme.
 
Creo que también ahí está el valor de acercarse a las primeras obras de un arquitecto al que admiramos. No tenemos que encontrar extraordinario todo lo que hizo. Podemos observar búsquedas, decisiones, recursos que permanecieron y otros que desaparecieron. Casa Cristo pertenece a un Barragán todavía en formación, probando un lenguaje que con los años se volvería mucho más depurado.
 
Al subir a la planta alta, la escala cambia y aparece otro de mis espacios favoritos. Después de la monumentalidad de la estancia, todo se vuelve más íntimo, aunque sigue siendo generoso en altura. Dos pequeñas ventanas miran lateralmente hacia el jardín y una biblioteca elevada, a la que se accede mediante una escalerita de madera, termina de darle un carácter especialmente agradable. Fue inevitable imaginarme trabajando ahí.
 

Me encantaría tener un rincón así para leer, estudiar y hacer todas estas investigaciones que continuamente voy abriendo. Tal vez por eso me detuve más de la cuenta: por unos minutos dejé de recorrer la casa de otro y empecé a imaginar cómo sería habitar ese espacio.
 
La casa que vemos hoy, por supuesto, no es exactamente la que Barragán terminó en 1929. Ha sufrido modificaciones, algunos elementos se han perdido y la propia ciudad ha cambiado a su alrededor. En una de las partes altas, por ejemplo, un pequeño arco enmarca hoy la presencia bastante desafortunada de un edificio vecino que altera completamente lo que alguna vez debió verse desde ahí.
 
Pero quizá también eso forma parte de visitar arquitectura y no solamente conocerla a través de fotografías históricas. Los edificios permanecen, pero el mundo alrededor de ellos continúa transformándose.
 
Hice muchísimas fotografías durante la visita. En varias aparezco yo, pequeña dentro del espacio. Es algo que hago desde hace años cuando fotografío arquitectura: utilizar mi cuerpo como escala. Una fotografía puede mostrar una habitación preciosa, pero cuando aparece una persona resulta mucho más fácil comprender cuánto mide realmente una puerta, qué altura tiene un muro o cómo se siente la proporción de una estancia.
 

Salí de Casa Cristo entendiendo un poco mejor por qué había querido buscar estas primeras obras. No para encontrar en cada decisión un anuncio de lo que Barragán llegaría a ser, sino para observar sus búsquedas: la relación entre interior y exterior, el agua, el color, la luz, la importancia del recorrido; recursos que permanecerían y otros que pertenecen claramente a otro momento de su arquitectura.
 
Quizá conocer los comienzos de alguien sea interesante precisamente por eso. Una mirada propia tampoco aparece terminada: se va construyendo, probando, descartando, aprendiendo. Casa Cristo me permitió acercarme durante unas horas al Barragán que todavía estaba aprendiendo a ser Barragán.
 
Fotografías: Cortesía de la autora

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