Ojos que no ven

Los hemos visto. Y los hemos visto no vernos. Llegan a la esquina, voltean rápidamente a un lado y sentimos que no fuimos vistos aunque estemos frente a ellos

Por Alejandro Hernández Gálvez @otrootroblog
Su mirada busca algo similar y no a nosotros. Sí: algo, no alguien. Otro automóvil para medir, con ese rápido vistazo, cuál pasará primero y cuál deberá detenerse o aminorar la marcha. Si no hay otro automóvil que se aproxime al cruce o no está a una distancia o viaja con una velocidad considerablemente riesgosa, no habrá razón para frenar. Ninguna. No es que, en principio, el automovilista piense que el peatón deba esperar su turno, aunque mucho hay de eso. Simplemente, para el conductor, el peatón nunca estuvo ahí, presente. No lo vio, ni lo verá jamás.




Hay algo en ese comportamiento que podríamos calificar como ceguera epistemológica. No se trata solamente de buscar un término rebuscado sino de intentar entender por qué el peatón no es visible. En uno de sus cuentos clínicos más conocidos, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks explica el caso del Dr. P, un músico profesional incapaz de reconocer lo que ve: no sólo no puede ponerle nombre a las caras de sus alumnos sino que una rosa la describe como una forma compleja de superficies curveadas rodeando un cilindro verde alargado y a un guante como una especie de bolsillo con cinco protuberancias de distinto tamaño cada una. Cuando el Dr. P toca los objetos que le presentan, reconoce que el guante es un guante y la rosa una rosa. El doctor P ve pero no ve, escribe Sacks, pues es incapaz de nombrar lo que ve y, por tanto, darle sentido. La afección del doctor P es neurológica: algo se ha desconectado en su cerebro. En el caso del automovilista que no ve al peatón, el problema no es neurológico sino epistemológico. El peatón no es parte de su sistema de conocimiento vial.




Por supuesto ese sistema de conocimiento vial es bastante limitado, sobre todo en la Ciudad de México, donde no es necesario comprobar de ninguna manera que se sabe conducir un automóvil o que se está enterado de las reglas que supuestamente habrá que cumplir al hacerlo. En esta ciudad la mayoría de los conductores ven muy pocas cosas al manejar. Los semáforos, aunque no siempre, y alguna que otra señal de tránsito, en especial aquellas que advierten de un riesgo para ellos, como “radar en operación.” ¿Cómo acabar con esa ceguera y hacer que el peatón se vuelva una pieza visible de ese sistema o entorno de información en el que se desplazan los automovilistas?




El actual gobierno del ex Distrito Federal ha optado, principalmente, por estrategias retóricas —algo que era de esperarse viniendo de quienes suponen que en el cambio de siglas, de DF a CDMX, hay un gran avance. La Ley de Movilidad, publicada el 14 de julio del 2014, dice que “se otorgará prioridad en la utilización del espacio vial y se valorará la distribución de recursos presupuestales de acuerdo a la siguiente jerarquía de movilidad:” primero el peatón. La prioridad del peatón se reafirma en el Reglamento de Tránsito del (aun entonces) Distrito Federal, publicado el 17 de agosto del 2015. En la fracción II del artículo 6, el citado Reglamento dice que, en cruces sin semáforo, “cuando haya peatones esperando pasar, los conductores deberán parar y cederles el paso.” Algo que no es usual o que, más bien, resulta excepcional en esta ciudad. Finalmente, en la Constitución de la Ciudad de México —la ilegítima, la perica, la tartamuda, la Narcisa y bizca, como la calificó Jesús Silva Herzog Márquez—, recién publicada el 5 de febrero de este año, se vuelve a afirmar en el artículo 13, Ciudad habitable, fracción E, Derecho a la movilidad, que el peatón tiene la prioridad, en paso y uso pero también en inversión y gasto público. En resumen, el automovilista ciego —que al no vernos nos niega el paso— en un cruce sin semáforo en la ciudad viola un reglamento, una ley y hasta nuestros derechos constitucionales. Y no pasa nada.




No pasa nada porque, para el gobierno de la ciudad, desde Mancera hasta los funcionarios que ondean en congresos, encuentros, medios y redes sociales la bandera pro-peatón, las leyes no se traducen en actos ni en hechos; no se hacen cumplir y no se diseñan los medios y los mecanismos para que se cumplan. Pura retórica, pues. En una ciudad en la que no se aplican y hacen cumplir reglamentos y leyes —y hoy hasta la Constitución—, en la que miles de cruces peatonales no tienen semáforos o señalización y los pasos peatonales no se pintan y cuando se pintan es para que se borren con la primera lluvia, en el que se inaugura un “cruce seguro”, uno solo, como si en esa esquina se decidiera el futuro de cualquier peatón, en el que los agentes de tránsito ignoran —consciente o inconscientemente— los reglamentos que debieran velar y hacer valer, y más, mucho más, no sólo son ciegos —epistemológicos— los automovilistas sino más ciegos funcionarios y gobernantes. Unos no ven porque no los hacen ver, otros no ven porque no quieren y no les conviene ver y prefieren la simulación. Ciegos unos, cínicos los otros.










Imágenes seleccionadas de la WWW por el autor. 

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