Otra vez, ¿cómo se construye lo público?

“Elizabeth Street Garden es el único oasis verde en los barrios de Little Italy y SoHo. El jardín, abierto al público por voluntarios, provee un bello santuario para residentes locales y trabajadores. El sitio fue transformado de un lote baldío en jardín en 1991, cuando la Elizabeth Street Gallery obtuvo la concesión del sitio de parte del Departamento de Servicios Administrativos de la ciudad de Nueva York.”

Por  Alejandro Hernández Gálvez @otrootroblog
El jardín de Elizabeth Street se encuentra en una zona hoy llena de tiendas y restaurantes de lujo y galerías de arte y a una cuadra del New Museum. Este año el Departamento de Preservación y Desarrollo de la Vivienda de Nueva York, anunció planes para construir en ese sitio un edificio de seis niveles con de 60 a 75 unidades de vivienda accesible para ancianos. El jardín no es oficialmente parte del sistema de parques, jardines y espacios abiertos de la ciudad de Nueva York, por lo que técnicamente el gobierno puede construir ahí lo que propone pues, además, es el único espacio libre de que dispone para hacer vivienda de interés social. Sin embargo, los vecinos se oponen a que el parque desaparezca. En principio, podría parecer otro caso típico del fenómeno NIMBY: not in my back yard, pero los vecinos no se oponen al hecho de que se construya vivienda social accesible para ancianos sino de que para hacerlo haya que desaparecer el jardín. Además suman otros argumentos: que los procedimientos para decidir esa propuesta no fueron públicos ni abiertos a la participación y que, al construir 60 o 75 unidades de vivienda no se resolvería un problema mucho más grave sino que sólo sería una medida paliativa con la que se obtendrían pocas unidades a cambio de perder un espacio abierto.

El Parque Cholula es una manzana de forma triangular de poco menos de 2400 metros cuadrados en la colonia Hipódromo, de la delegación Cuauhtémoc, en la ciudad de México. En el parque hay una zona donde se encuentra una subestación eléctrica abandonada desde hace varios años. Ahí, el gobierno de la ciudad autorizó la construcción de un centro cultural, el Foro Shakespeare, una Asociación Civil, sin fines de lucro, que desde hace más de 30 años renta una casa no lejos de donde se encuentra el parque. Los dueños de la casa decidieron ya no renovar el contrato y el Foro Shakespeare pidió apoyo al gobierno de la ciudad, quienes pensaron en usar la subestación del Parque Cholula. Pero olvidaron dos cosas. Primero, que en esa colonia el Plan Parcial de Desarrollo Urbano prohibe en espacios abiertos, como el Parque Cholula, construir, entre muchas otras cosas, centros culturales o teatros; y, segundo, que los vecinos de la zona llevaban varios meses trabajando en un proyecto de remozamiento con fondos públicos correspondientes al uso de parquímetros en la zona. Los dos planes, el centro cultural autorizado por el gobierno de la ciudad donde no está permitido construirlo y las mejoras al parque propuestas por los vecinos terminaron estorbándose uno a otro. 




Al borde de la Glorieta de Insurgentes hay dos espacios que la avenida Chapultepec deja libres al hacerse subterránea. Uno está ocupado, indebidamente, como estacionamiento para patrullas de la Secretaría de Protección y fue donde el gobierno de la ciudad propuso construir un centro comercial como parte del absurdo proyecto que llamaron Corredor Cultural Chapultepec y que fue rechazado por vecinos no sólo de esa zona sino de otras partes de la ciudad que, por un momento al menos, trabajaron juntos para decir ¡Así no!, frase de la campaña que emprendieron contra aquella propuesta, rechazada en una consulta el 6 de diciembre del 2015. El otro espacio se ocupaba como espacio deportivo por jóvenes no sólo de la zona sino, también, de otras partes de la ciudad. Demián Reyes cuanta que a finales de febrero del 2016, maquinaria y trabajadores del Gobierno del ex Distrito Federal entraron al parque para intentar demolerlo e iniciar una remodelación que era financiada como por el Corporativo Inmobiliario Redondel, construido a unos metros. En una gran manta se leía:


Remodelación y mejoramiento del módulo deportivo. Creación de áreas de descanso familiares, mejoramiento de las canchas deportivas. Creación y mejoramiento de áreas verdes. Instalación de rampas para personas con necesidades especiales. Señalización y cruces seguros.


Firmaba la Delegación Cuauhtémoc: trabajando para beneficio de la comunidad. Los vecinos de la zona se opusieron y clausuraron las obras. ¿Por qué oponerse a dichas mejoras? No conocían el plan, que había sido elaborado sin su participación y era más que probable que la limpieza de ese espacio tuviera como objetivo primordial, si no es que único, dotar al nuevo edificio corporativo de una bella plaza de acceso, sin pensar realmente en los usuarios y vecinos. Reyes cuenta cómo, sin el apoyo de ninguna instancia de gobierno pero con la asesoría de académicos de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la Autónoma Metropolitana y del Vivero de Iniciativas Ciudadanas, los vecinos iniciaron un proceso de participación, largo, complejo y vital, para definir el diseño del parque deportivo Niza-Chapultepc. Juntos realizaron análisis, mesas de trabajo, discusiones y foros y produjeron un documento, con mucha más información de aquella con la que el gobierno de la ciudad pretendía iniciar la remodelación, que entregaron a las autoridades de la delegación y de la ciudad el 28 de julio (http://rupturacolectiva.com/el-proceso-participativo-en-el-parque-niza-chapultepec-sigue-de-pie/)




El jardín en Nueva York y los dos parques en la ciudad de México muestran varias cosas. Primero, que en la ciudad, y no sólo en el espacio público, no hay prácticamente nada que se pueda hacer hoy sin que existan conflictos de interés. Los vecinos quieren, en estos casos, sus jardines y sus parques; los funcionaros buscan construir vivienda accesible para ancianos o un centro cultural o simplemente arreglar el espacio público en beneficio aparente de un inversionista y, de paso, no tan claramente, del resto de la ciudad. En los tres casos parece que el interés común no es tan fácil de construir o que incluso es imposible lograr un consenso. En los tres casos los vecinos se quejan de una imposición desde arriba y de un desconocimiento de las condiciones locales: jamás fueron tomados en cuenta sus deseos ni sus necesidades. Tanto en Nueva York como en México, los vecinos acusan, además, un desequilibrio de fuerzas por la influencia de ciertos actores políticos o económicos en la toma de decisiones. En los tres casos se manifiestan conflictos entre distintas comunidades: los que ahí viven, los que ahí trabajan, los que van de paso y, del otro lado, los funcionarios de la ciudad y los posibles inversionistas. Y en los tres casos se muestra, también, la voluntad y capacidad de los vecinos no sólo de rechazar propuestas sino para trabajar en construir las propias. Voluntad y capacidad que casi siempre choca o con la poca voluntad o la incapacidad de funcionarios e inversionistas de entrar en procesos que son largos, complejos y que no necesariamente garantizan que todos obtengan lo que buscan: a veces será imposible que el parque y el edificio ocupen el mismo espacio. La ilusión del consenso es algo con lo que hay que terminar antes de iniciar cualquier proceso de participación, que también exige entender que no se reduce a una consulta, a un o un no de los involucrados una vez que se han tomado todas las decisiones. En muchos casos a los vecinos se les reclama que actúan sólo por sus propios intereses —el NIMBY—, como si debiéramos esperar de ellos sólo actos de bondad infinita y desinteresada e imaginar que los otros, el que busca una casa accesible o construir un centro cultural o mejorar la entrada de su edificio, no trabajan, también, por sus propios intereses.




La ciudad, cada vez más, nos presenta casos como estos, donde los procesos democráticos son puestos en juego y a prueba a ras de suelo, en la banqueta y en la plaza, en foros públicos en los que, insisto, el interés común no es siempre común de principio, sino que debe construirse pacientemente, atendiendo a voces muchas veces discordantes y entendiendo que el todos ganamos no se da generalmente así de fácil. Por supuesto, esa manera de construir la ciudad, que siempre ha estado presente, puede chocar con la visión efectista de ciertos funcionarios y con las prisas en la búsqueda de ganancia rápida, sea de capital “político” o financiero. Pero si la pregunta es cómo se construye lo público, parte de la respuesta implica con paciencia y con tiempo y entendiendo que el poder —de decidir, de hacer y, también, de objetar— se divide entre muchos, incluyendo, sí, a la maldita vecinocracia (http://www.arquine.com/la-maldita-vecinocracia/).




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