Apuntes sobre el habitar: Volver no significa regresar


Hay lugares que recordamos por lo que vimos en ellos. Otros porque, sin darnos cuenta, ahí comenzó una parte de nuestra historia.
Por: Mariangel Coghlan

Hace casi treinta años vi por primera vez el entonces Westin Regina Los Cabos en una revista de arquitectura. Recuerdo perfectamente la impresión que me produjo aquel gran volumen curvo, abierto hacia el mar por una ventana monumental, parecía desafiar la geografía y, al mismo tiempo, pertenecer a ella. Desde ese momento supe que quería conocerlo. Era otra época, no existían Instagram, los recorridos virtuales ni cientos de fotografías esperándonos antes de llegar a un lugar. Los edificios se descubrían en unas cuantas páginas impresas y el resto lo completaba la imaginación. Quizá por eso el deseo también era distinto.
 
Cuando planeábamos nuestra luna de miel, mi esposo soñaba con recorrer Europa juntos —yo también— pero antes quise hacer una escala en ese hotel que llevaba años habitando mi imaginación. Nuestra primera semana como recién casados transcurrió ahí. No me decepcionó, todo lo contrario. La fuerza de sus proporciones, la integración con el acantilado, el contraste de los muros con el paisaje y aquella inmensa ventana abierta hacia el Mar de Cortés superaban lo que había imaginado. Nuestra primera cena de casados fue frente a esa vista. Como ocurre con algunos momentos de la vida, el lugar y el recuerdo quedaron unidos para siempre.
 
Hace unas semanas regresé o, mejor dicho, volví. Porque volver no siempre significa regresar. Volver a un lugar después de veintiocho años no sólo pone a prueba nuestros recuerdos, también pone a prueba la arquitectura. Veintiocho años, los mismos que yo tenía la primera vez que crucé esa puerta.

Lo primero que encontré fue una sorpresa: partes que antes se recorrían como un sólo conjunto, hoy están separadas. Algunos interiores habían cambiado, ciertos materiales evidenciaban el paso del tiempo. Algunas decisiones de diseño, que hace casi tres décadas parecían extraordinariamente contemporáneas, hoy hablan claramente de la época en que fueron concebidas. Y entonces entendí algo que antes no habría podido formular.
 
Comprendí que había buscado la atemporalidad en el lugar equivocado. Toda arquitectura pertenece inevitablemente a su tiempo, los materiales, la tecnología, las luminarias y hasta ciertos detalles terminan contando la historia del momento en que una obra fue concebida. Quizá la verdadera atemporalidad no consista en ocultar el paso del tiempo, sino en tomar decisiones tan esenciales que sigan teniendo sentido cuando el tiempo haya hecho su trabajo. La verdadera prueba llega después, veintiocho años después.


Lo que permanece no son necesariamente los acabados ni las tendencias. Permanecen aquellas decisiones capaces de seguir dando sentido al proyecto: la manera en que se posa sobre el terreno, la relación que establece con el paisaje, la proporción de sus espacios o la fuerza de un gesto arquitectónico. Ahí siguen emocionando ese gran volumen curvo, la manera en que abraza el paisaje, la ventana monumental que convierte el horizonte en parte de la arquitectura y la contundencia con la que el edificio dialoga con el mar y el desierto. La esencia del proyecto conserva su fuerza, aunque el tiempo haya transformado muchas otras cosas.
 
Pero no sólo el edificio había cambiado, también había cambiado mi manera de mirarlo. A los veintiocho años llegué como una joven arquitecta fascinada por una obra que había admirado desde una revista. Hoy regresé después de tres décadas de diseñar espacios, de recorrer hoteles, de visitar ciudades y de entender que el gusto también evoluciona. Ya no intentaba descubrir por qué me había impresionado. Intentaba entender por qué seguía haciéndolo.

Y mientras recorría nuevamente esos espacios comprendí algo que va mucho más allá de este hotel. Vivimos acumulando experiencias con la misma velocidad con la que deslizamos el dedo sobre una pantalla. Una imagen sustituye a la anterior antes de que haya tenido tiempo de transformarnos. Quizá por eso no aprendemos al visitar un lugar, aprendemos cuando nos detenemos a pensar qué hizo ese lugar en nosotros: por qué nos conmovió, qué cambió en nuestra manera de mirar, qué permanece de esa experiencia muchos años después.
 
Por eso fotografío tanto: no para coleccionar imágenes, sino porque fotografiar es otra forma de detenerme a mirar, la misma atención con la que diseño, aplicada a lo que encuentro. Escribir es otra. Sólo cuando me doy el tiempo de observar, pensar y poner en palabras una experiencia siento que realmente aprendo de ella.
 
Como arquitecta, ya no aspiro a diseñar espacios eternamente contemporáneos. Aspiro a crear lugares donde la vida deje huella, y quizá esa sea la prueba más difícil para cualquier proyecto: que, muchos años después, alguien sienta el deseo de volver. No para comprobar si el edificio sigue ahí, sino para reencontrarse, por un instante, con la persona que fue cuando lo habitó.

Fotografía: Cortesía de la autora





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